Se ha parado el reloj que puse como testigo inexorable del tiempo que transcurría desde ese aciago día en que fui expulsado del cielo, en que como un ángel caído en desgracia solo le quedaba arrastrase por la eternidad en busca del perdón.
Una mano magnánima, un corazón condescendiente, una mirada que exonera, se han dignado a tocarme, a perdonarme.
Me han dejado acariciar el cielo.
Así me siento cuando puedo rozar su piel, sus labios, y me corresponde. La ternura recorre suavemente mi cuerpo, solo de pensar, de imaginar que desea que la acaricie.
Desearía poder detener el tiempo, pero ese don no me ha sido otorgado, así que solo me queda poner mi empeño en que ella siempre se sienta mi reina. Y que ella me haga vivir como ahora, tocando el cielo.
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